En 1998, el Deportivo Alavés comenzó un capítulo que su afición nunca olvidará. Tras varios años de lucha en categorías inferiores y un periodo de inestabilidad, el club se encontraba en un punto crítico. La temporada 1997-1998 fue el escenario de un renacer; el equipo, bajo la dirección de José Manuel Esnal, conocido como ‘Mané’, comenzó a mostrar señales de fuerza y determinación.

El camino hacia el ascenso no fue fácil. Alavés había comenzado la temporada en la Segunda División, y la competencia era feroz. Sin embargo, con un grupo de jóvenes promesas y algunos jugadores experimentados, el equipo se consolidó rápidamente como uno de los favoritos para el ascenso. La afición comenzó a soñar nuevamente, llenando el Estadio de Mendizorroza con una atmósfera de apoyo inquebrantable.

Una de las claves del éxito de ese equipo fue su capacidad para mantener la solidez defensiva, combinada con un ataque eficaz. Jugadores como el delantero Juan Antonio Pizzi, que se convirtió en un referente, y la defensa liderada por un joven Iván Alonso, fueron cruciales para alcanzar el objetivo. Cada partido se convirtió en una batalla, y la afición sintió que había algo especial en este grupo.

El punto culminante llegó en un emocionante partido en casa contra el Atlético de Madrid, donde el Alavés logró una victoria memorable que reafirmó su posición en la tabla. La unión entre equipo y afición se hizo palpable, y los cánticos de ‘Babazorros’ resonaban en todo el estadio, uniendo a todos los presentes en un sentimiento de pertenencia y orgullo.

Finalmente, el esfuerzo colectivo dio sus frutos. El Alavés logró el ascenso a la Primera División, un logro que no solo celebró el club, sino que también unió a toda la ciudad de Vitoria-Gasteiz. Este ascenso marcó el inicio de una era dorada, un recordatorio de que la perseverancia y la pasión pueden cambiar el rumbo de un club.

Hoy, al mirar hacia atrás en ese 1998, los aficionados del Alavés sienten una mezcla de nostalgia y orgullo. La historia de ese ascenso sigue viva en la memoria colectiva de los Babazorros, un testimonio de que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hay una luz que brilla al final del túnel.