Cuarenta y dos años es mucho tiempo. Cuarenta y dos años de anhelo, de esperanza, de ver el fútbol de élite como un sueño distante para los aficionados del Deportivo Alavés en Vitoria-Gasteiz. Ese era el peso que la camiseta albiazul cargaba sobre sus hombros cuando la temporada 1997-1998 comenzó en la Segunda División.
Pero esa temporada no fue como las demás. Bajo la batuta de José Manuel Esnal, Mané, el equipo empezó a forjar una identidad inquebrantable. No era solo talento, era corazón, era garra, era la convicción de que ese era el año. Cada partido en Mendizorroza se convertía en una fiesta, una comunión entre el equipo y una afición que sentía que algo grande estaba gestándose. La Segunda se nos quedaba pequeña, y el rugido de la grada era un eco constante de lo que vendría.
El clímax llegó en las últimas jornadas. La tensión era palpable en cada rincón de la ciudad. El 3 de mayo de 1998, la fecha quedó grabada a fuego en la memoria colectiva babazorra. Ese día, el Glorioso Alavés se enfrentaba al SD Compostela en Mendizorroza con la posibilidad de sellar matemáticamente el ansiado ascenso. No importaba el cómo, solo el qué. El pitido final se fundió con un grito atronador que venía de las profundidades de la garganta de miles de alavesistas; un grito de alivio, de éxtasis, de pura alegría. ¡Éramos de Primera de nuevo!
Las gradas se desbordaron en júbilo. No hubo invasión de campo en el sentido tradicional, pero la alegría se desparramó por cada asiento, cada pasillo, cada rincón de nuestro querido estadio. Jugadores, cuerpo técnico y afición se fundieron en un abrazo colectivo que duró horas, para luego trasladarse a las calles de Vitoria. La camiseta albiazul, empapada de sudor y lágrimas, era el estandarte de un pueblo que recuperaba su lugar en la élite del fútbol español.
Este ascenso no fue solo el fin de una espera interminable; fue la chispa que encendió una década dorada. Fue el ladrillo fundacional sobre el que se construiría la epopeya europea de años posteriores, la que nos llevaría a recorrer el continente y a rozar la gloria en la Copa de la UEFA. Sin aquel memorable regreso a Primera, sin la convicción y el esfuerzo de ese grupo de jugadores y el empuje de una afición incansable, la historia reciente del Alavés sería incomprensible.
Recordar ese 3 de mayo de 1998 es recordar de dónde venimos, la perseverancia y el espíritu inquebrantable que siempre han definido al Babazorro. Es la semilla de nuestra leyenda, un recordatorio de que, con corazón y garra, no hay sueño inalcanzable para el Glorioso Alavés.
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